lunes, 10 de noviembre de 2008

DE PRONTO LO VI. Era un gallo nuevo y estaba mirándome.
Tenía las plumas blancas y grisáceas, y no muy brillantes. Era alto
y fuerte. La verdad, era más bien gordo.Y no era guapo ni elegante.
Pero me gustó.
Me gustaron sus ojos alegres, la sonrisa que se abría en su pico y su
aspecto sencillo y amable.
Pero sobre todo me gustó su humor.
—Eso que tú haces parece estupendo. ¿Crees que podría hacerlo?
—me dijo con voz de emoción.
Yo se lo advertí:
—El hielo resbala, te puedes caer.
—¿Tú no te caíste la primera vez?
Yo le sonreí y él no lo pensó más:
—¡Allá voy! –gritó.
Y allá fue. No tenía ni idea.
Menos mal que me aparté un
poco. Pasó junto a mí igual que un ciclón
y volvió a gritar:
—¡Sálvese quien pueda!
Yo me puse a salvo y él cayó de panza.
Me acerqué a ayudarle y le pregunté
si se había hecho daño.
Me respondió:
—¡Bah! Como estoy tan gordo, caigo
sobre blando.
Luego se rió y se puso en pie. Se
alisó las plumas, se arregló la cresta
y volvió a intentarlo.
Se le fue una pata hacia la derecha
y la otra se le fue (...)
Concha López Narváez (1939)
El gran amor de una gallina

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